Antes una polémica era un motor para la creación y no sólo
para la promoción (o autobombo). Los
autores enfrentaban perspectivas desde sus obras y confrontaban ideologías desde
sus experiencias, mientras el espectador escuchaba o leía. Claro, las editoriales
y otros agentes de la industria cultural sacaban cuentas alegres ante la
exposición en los medios, pero lo importante era que la gente de-a-pie —y no
sólo el mundillo académico o seudoliterario— estaba pendiente de la respuestas
en de lo que dijo el otro, al día siguiente, en las cartas al director. Casi como
en la farándula actual, pero con contenido, aunque no exento de “tongos”. Y la
discusión era amplia, no limitada a zancadillas o transgresiones de estilo.
Pero siempre había alguien que sacaba algo en limpio y salía con una nueva
propuesta.
Hoy cualquier chimpancé con un teclado y una opinión puede
dárselas de instigador (me incluyo) o defensor de feudos (me excluyo) ante esta
prostitución, incesto y de-gener-ación del arte actual . Aparecen fundamentalismos
estéticos en entradas y posteos que, en un símil cotidiano, son gritos
destemplados de la vieja a la que le pisotearon las flores de su jardín. Gritos
que apenas se propagan a través de las redes sociales y que, por fortuna,
quedan dentro del reducido círculo de quienes disfrutan levantando las murallas
de sus propios guetos.
Pero esto de la “degeneración de los géneros” no es algo
nuevo. Cervantes lo utilizó en el Quijote, solo por citar un clásico. Y si miramos
más atrás y más adelante, esta imbricación, injerto y parodia está presente en la
construcción e innovación. Es parte de la renovación de las ideas, la
revitalización del arquetipo y lo que se conoce como originalidad.
Y estos fundamentalistas se muestran renuentes ante las
etiquetas que otros medios críticos o editoriales les entregan a sus producciones. No ponderan las
expectativas de visibilidad en exposiciones o en vitrinas, sino que la oponen y
la hacen pelear con la taxonomía que un autor admirado o la academia (sí, la
misma que muchas veces menospreció a su arte) le dio a su gueto feliz. Y se
aíslan de quienes podrían interesarse en sus trabajos, solo porque no comparten
“la forma” en que están siendo tratados. Vale: zapallo y calabaza no son lo
mismo, pero sirven para vender una sopa.
Si lo de la sopa no se entendió, seré más concreto. Por
ejemplo, pienso en la nueva línea Fantascy de Random House Mondadori, en la que
abiertamente y bajo el mismo sello publican fantasía, ciencia ficción y terror.
Sí, juntas; para el monstruo de
publicaciones que es RHM son partes del mismo producto. Si quieres seguir en el
gueto, es que no estás preparado para sobrevivir al apocalipsis-zombi-editorial
que se avecina.
En la práctica, es muy poco lo de la teoría (del arte) que
puede salvarte. Evoluciona o cierra la puerta después de salir. Sólo el limítrofe ve limitantes en los límites.





























